Desperté con ese amargo sabor en la boca que la noche y el denso sueño provoca, desperté solo abrazado por la suave red de una hamaca, una hamaca sola, una hamaca donde solo caben los pensares y pesares de un hombre , los de una persona, imperturbablemente arropado por mis calidas cobijas negándome a salir al frío de mi habitación , negándome a levantarme.
Tenia la erección mañanera incomodando mis sueños, esos mis sueños revueltos, desperté con los labios resecos y la voz pastosa. El arrogante despertador sonaría de un momento a otro, tenia conciencia del cuarto solo, el frío piso de barro amenazando chocar contra la piel de mis pies, amenazando con sacarme del dulce estupor de la tibieza, del dulce abrazo del crepúsculo a la vigilia, era inevitable, era inevitable levantarme, apagar esa maldita alarma aun antes de que sonara, mi humor no daba para escucharla, me hice acompañar por el sonido de la radio, por esa única voz que permito entrar en mi cuarto, con las noticias de alguna muerte, de algún colgado, de los levantados, de los desaparecidos, el llanto de alguna madre por que a muerto su hijo, de alguna indignación acerca de los secretos a voces que salen a luz publica, de los políticos que se desgarran las vestiduras diciendo por lo que ya sabían que pasaba, con música de una época que de pronto se extraña, me hacia acompañar por la única compañía que soporto últimamente, la de las voces de una extraña que escucho cada mañana, de un café gourmet, de una mermelada de zarzamora y un pan tostado, y de un hurón que hace gracias en su jaula para que le permita salir. Con libros y copias sin leer en mi escritorio, con montañas de textos que confabulan contra mi intelecto, con el dolor extraño que provoca el frío mañanero en las viejas heridas.
Con varios días sin conectarme a la red mas que para ver mi correo electrónico y atender los asuntos académicos, no estaba de humor para otras cosas, con ganas y sin ganas, con una computadora cuya pornografía no me llamaba la atención esta mañana, una vez encendida la radio decidí mandar al resto del mundo a la chingada, me devolví a mi hamaca, mi hurón luego de frustrarse al ver que no lo sacaría aun de su jaula, a la suya, cerré los ojos, y efectivamente, desfilaron en radio los ejecutados, los muertos, los desfalcos y los corruptos, mientras yo me mecía en el suave estupor que solo la soledad otorga, mientras yo me quería volver a dormir y no saber nada del mundo.



















